Martes: Empezamos a notar que no había hoteles disponibles. Hay tantos hotelitos a los que les hace falta una página! Estrés por no saber en qué carro nos vamos.
Jueves: Llevé al servicio el auto con la esperanza de que los ruidos espantosos que hacían los frenos se resolvieran con un ajuste durante El Mantenimiento Mayor. Por la noche: no, lo de los frenos necesita reparación, se queda el auto en el taller.
Viernes: ya no está W. El teléfono no deja de sonar, mil pendientes etc. Me dijeron que hablara al taller a las 3. Nada, que a las 7. Que pase a recogerlo a las 8. Que el mecánico ya no ve, que va a estar hasta mañana. “Pero lo necesito a las 10!”, “No hay problema, en cuanto abramos lo checamos, si quiere venirse como 9.30 y mientras hacemos el papeleo lo acaban”.
Sábado: Quedé de pasar a las 9 a abrir la oficina. El impresor de los sábados, que viene usualmente a las 10, no me entendió. Llegó 10.10. Vamos por el auto: me lo entregan hasta 11.45. Voy por las maletas, gasolina, y salimos justo a la 1. Llegamos a las 3. Nos perdemos un poco pero llegamos al hotel, La Casa de Elvia. Dejamos las cosas medio apresuradamente y salimos a comer a un restaurancito de comida rápida que se llama San Miguel, en Umarán 90. Pizzas deliciosas, servicio rápido, limonada mineral abundante y apetito: combinación perfecta. Aún así, regresamos al hotel a las 4.20. No importaría llegar tarde (se supone que la misa era a las 5), si no fuera porque me toca leer el Salmo (no cantado, espero!). Me adelanto a P! La misa empieza como a las 5.30. Me hace recordar porqué esos rollos no me laten (las ideas no muy hiladas del padre tienen que ver en buena medida, así como cierta solemnidad que no me contagia). A la salida me voy con el Tío por las invitaciones al hotel. Está como a cuatro cuadras pero el regreso, de subida, hace estragos en mi condición física. Cuando llegamos todos al lugar, resulta que no eran necesarias las invitaciones, y la terraza está hasta reventar. Nos aburrimos un ratote hasta que llega el Bogama y encontramos donde sentarnos. La idea de la terraza, buena, aunque una comida completa en lugar de bocadillos estaría mejor (y, supongo, bastante más costosa). Un video hecho con fotos de los dos, desde que eran niños: También buena, robable idea. A eso de las 11, y ya con gente ajena al evento rondando por todos lados, se decide que la fiesta continúa en un antro a media cuadra. Claudicamos. En el hotel, P! tiene sed y además necesita el agua para tomarse un desenfriol, única endeble defensa contra la gripa galopante que la acecha. Recuerdo que llevo mi auto (con frenos que no batallan con las calles empinadas) y nos vamos en busca de una tiendita abierta a las 12. Ni qué esperanzas de encontrar Oxxo alguno. Al final compramos un juguito en un puesto de hamburguesas. De regreso, encontramos una tiendita abierta como a una cuadra del hotel. Noche fría.
Domingo: pusimos el despertador a las 9 y a las 9.10 ya estaba el Tío dando lata porque pensaba que habíamos quedado a las 8.30. Mientras van a buscar un cajero y el carro del Bogama, nos bañamos y estamos listos para ir a desayunar. Yo no había cenado, a pesar de la media-tentación de hamburguesas con papas cuando compramos el jugo, pero estaba demasiado cansado para comer. Fuimos a desayunar al kuni doni. Barato barato lo que se dice barato, no se me hizo, pero sí se me hizo bastante razonable y, más importante, rico. Llega una muchacha a ofrecernos jarrones que, a primera vista, se ven bastante bien. Después de pensarle demasiado sobre cuál nos llevamos, escogemos dos y nos ponemos a disfrutar de nuestros chilaquilitos. Regresamos al hotel por nuestras cosas. Del hotel: la habitación que nos tocó fría (aunque había cobijas extras a mí me dió flojera levantarme. Grave error) y la puerta del baño no cerraba (cosa que al parecer hasta a la dueña soprendió). Por lo demás, el lugar está muy bonito y tranquilo. Después de varias vueltas sin encontrar estacionamiento en el centro, nos acabamos quedando como a dos cuadras del hotel. En la plaza principal, visitamos las dos iglesias. La antigua me pareció más interesante:
Damos una vuelta en las tiendas y compramos recuerditos para la familia y comemos una nieve, todavía en la plaza principal (la mía, de mandarina, deliciosa). Maldosamente, me guardé las llaves del carro del Bogama cuando nos fue a visitar al cuarto, así que ahora teníamos que ir por ellas para que ya se fuera. Ride en el carro del Tío y Caro. P! y yo nos ponemos a pasear y a fisgonear en las tienditas. Muchas cosas vistosas pero pocas que yo compraría. Entre ellas, un plato de cerámica minuciosamente adornado con puntitos realzados. Ni pregunté cuánto costaba. En la misma tienda, un jarrón como el que compramos en $200 vale $1500. Sin mucha hambre pero arrepentidos de no haber comprado otro jarrón emprendemos el regreso pasando por el restaurante. Sin suerte para encontrar a las personas de en la mañana pero ni modo.
Mañana: empiezan 15 días de tortura por las tardes (ya me prometieron más chamba de un proyecto que estaba parado, más la organizadera del negocio-donde-los-teléfonos-o-los-clientes-nunca-lo-dejan-a-uno-en-paz). En la mañana, clases con mis finísimos alumnos (unos menos que otros, para qué negarlo). En algún momento, continuar con la tésis… lo más seguro que hasta el fin de semana que entra (que es cumpleaños de mi abuelita y lo más seguro que haya pachanga y quién sabe si tenga chance…).
Punto final de las últimas mini-vacaciones de aquí hasta el 3 de Diciembre.
